Shanghái, la puerta de China

Shanghái nos recibió con su festival de primavera y el comienzo de la época de lluvias, aunque para nosotros fue la llegada al invierno del que nos habíamos olvidado después del verano en América, el viaje por el Pacífico, el verano austral y el caluroso trópico.

Nuestra primera necesidad fue ir de tiendas para comprarnos un abrigo al centro de Shanghái, donde tiene la oficina nuestra anfitriona, la cual nos ha facilitado mucho nuestra estancia aquí. Ella es una californiana de Los Ángeles que trabaja para una gran multinacional y vive en Shanghái con su marido y su hijo. La compañía para la que trabaja le pone un coche con chófer a su servicio y con él hemos ido y venido por esta inmensa ciudad aunque, tal vez, lo mejor sería darle otro nombre, porque excede los límites de lo que entendemos por tal término. Macro-hiper-super urbe se le podía llamar a esta unión de puentes, carreteras y rascacielos. Y está creciendo más. ¡Horror! ¡Como esto sea el futuro, que se pare el mundo, que yo me bajo! Dan auténtico vértigo las dimensiones de las urbes chinas de alrededor de 20 millones de habitantes. ¡Nueva York sería aquí una ciudad mediana, Madrid, una pequeña y Burgos, una aldea! Pero la gente parece que vive aquí bien y los chinos no parecen tan estresados como nosotros. Por el contrario, todo el mundo va con tiempo suficiente y son de una puntualidad que asombra.

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Rascacielos de Shanghái

Para trasladarnos contábamos con la ayuda del chófer de la empresa de nuestra anfitriona, Mister Han, con el que nos entendíamos por señas y con la libreta para escribir las horas, gracias a que usan los mismos números que nosotros. Son curiosas las conversaciones con los chinos: ellos hablan chino mientras hacen señas y nosotros asentimos, negamos y señalamos mientras hablamos en inglés. ¡Hay que ver! Mister Han nos escribía en chino en la libreta la dirección en la que habíamos quedado, por si nos perdíamos y teníamos que preguntar a alguien, lo cual afortunadamente, no sucedió. En China los extranjeros siempre tenemos que llevar tarjetas con la dirección en chino del lugar donde nos alojamos o al que queremos ir, para dárselas a los taxistas.

Nuestra primera visita fue el antiguo barrio de Yu Yuan en el que había un jardín chino del siglo XIV. Cuál fue nuestra sorpresa cuando nos piden para entrar 50 yuanes. Nosotros, como turistas que queremos ver los sitios, lo pagamos, aunque no entendíamos por qué, pero sólo con ver como la policía empujaba a un señor de edad que intentaba colarse, pensamos que no era conveniente discutir. Además, como veíamos que la gente pagaba… pues adelante.

Entramos en la ciudad antigua, toda llena de tiendas, de gente, de policías, al principio esto te llama la atención, luego te acostumbras. Nos dieron un sobre de cartón rojo brillante, precioso. “¿Qué será?”, dijimos.” No sabemos, pero está lleno de ochos” Este número es considerado como el más afortunado y en China se pagan auténticas fortunas para conseguir un número de teléfono que contenga muchos ochos. En el lado negativo está el cuatro, que es de mal agüero hasta el punto que algunos ascensores no lo tienen.

Deambulamos un poco mirando las casas y la decoración hasta que llegamos a una plaza con un puesto de información. Preguntamos dónde estaba el jardín y una amable guía nos dijo que estaba en un recinto dentro del barrio para el que había que pagar otra entrada.

Nos explicó que la entrada que habíamos pagado era para ver el festival de primavera que empezaba al atardecer.

Era domingo y habían pasado dos semanas desde que vimos celebrar en Singapur la entrada al nuevo año lunar y ahora tocaba dar la bienvenida a la primavera con un montaje espectacular de figuras ingeniosas que se iluminan. Todo esto para  atraer la buena suerte y ahuyentar la mala. Cuando salimos de Burgos no teníamos planeada esta parte del viaje, pero venir a Asia en enero y febrero ha sido un acierto, por darnos la oportunidad de ver los festivales más grandes del año. Paseamos por los jardines de Yu Yuan y cenamos un pincho chino de unas bolitas que sabían a pescado, utilizando la observación y el lenguaje de signos para pedir en el bar. Al poco rato empezaron a encender faroles y las enormes figuras. Se escenificaban historias chinas, con el dragón como protagonista, a la vez que se iba encendiendo todo.

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El dragón, el gran protagonista

Nosotros, aun sin entender una palabra, estábamos admirados por la espectacularidad que consiguen. Cuando se acabó la historia la gente se fue en masa a otra plaza a ver otra escenificación. Habíamos quedado con Mister Han y tuvimos que marcharnos para cenar en casa y reponer energías para el día siguiente.

Como salió lluvioso lo dedicamos a conocer la comida china en un restaurante local donde, después de ver el menú con fotos de platos cocinados con todo tipo de bichos, decidimos hacernos vegetarianos y pedimos arroces varios, rollitos de primavera y bolitas de calabaza. Después fuimos a hacer compras practicando el regateo en el Pearl Market, donde descubrimos que la vendedora sabía aplicar con propiedad la frase castellana ni pa ti ni pa mí, que nos dejó sorprendidos. Al anochecer callejeamos por Taikan Lu, un barrio antiguo de la parte francesa, pero con tiendas con la última moda y restaurantes muy elegantes.

Shanghái, hasta que la ocuparon los japoneses en 1937, estaba dividida en distintas concesiones: inglesa, estadounidense y francesa, por lo que la ciudad fue pionera en introducir costumbres y modas occidentales.

Hangzhou fue otra ciudad que visitamos, yendo en tren de alta velocidad desde la estación Shanghái Hongqiao. La estación es enorme, el tren modernísimo y se llega en 45 minutos. Una vez en Hangzhou se puede coger el autobús urbano hasta el Lago Oeste donde hay barcos turísticos hasta Los Tres Estanques que Reflejan la Luna.

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Lago Oeste en Hangzhou

Hacía bastante frío, pero con una bebida caliente en las manos pudimos pasear por la Pequeña Isla Yingzhou. Después de calentarnos un poco y comer en una cafetería seguimos recorriendo la orilla del lago visitando el Templo de King Quian y la Pagoda Leifen.

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Lago Oeste, Hanghzou
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Lago Oeste, Hangzhou

La tarde era soleada y había mucha gente por So Caseway, un paseo de alrededor de dos kilómetros. Se fue haciendo tarde y llegamos con el tiempo justo para buscar un taxi hacia la estación.

 

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So Caseway, Hangzhou

Otro de los sitios fundamentales de Shanghái es el Observatorio del Centro Financiero Mundial, el edificio más alto de China. Tiene parte del suelo de cristal, por lo que puedes mirar hacia abajo y ver la inmensidad de la ciudad y la multitud de formas de los edificios. Antes de subir habíamos visitado uno de los barrios populares, donde nos habían dicho que se fabrican artesanalmente  los wok a golpe de martillo, en talleres familiares, donde se ve desde comida colgada de un alambre hasta la colada tendida de un árbol. El contraste es grandísimo entre los barrios populares y las construcciones supermodernas.

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El rascacielos más alto de China

Como colofón dimos un paseo por el Bund, el malecón del río Huangpu, donde está la parte financiera de finales del siglo XIX y principios del XX. Nos dejó admirados el colorido de los rascacielos del otro lado del río al atardecer.

Dejamos con mucha pena a nuestros anfitriones y Mister Han, que tanto nos ayudaron sacándonos los billetes de tren a Xián y a Pingyao, nuestros siguientes destinos.

Vuelta al mundo 2011/12

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