La inmensidad del Gran Cañón del Colorado

Cuando estás en la inmensidad del Gran Cañón del Colorado te vienen a la cabeza las imágenes planas que tantas veces habíamos visto en fotos y en documentales. No tiene nada que ver. Es enorme, inabarcable, espectacular; te sobrecoge.

Llegamos a él en un coche que habíamos alquilado en Las Vegas. Por el camino nos llovió casi todo el rato. Aún así, nos desviamos por la histórica carretera 66 que iba desde Chicago hasta Los Ángeles. Nos alojamos en el mismo cañón, lo cual no es fácil salvo que lo reserves con mucho tiempo de antelación; merece la pena puesto que te sientes inmerso en su naturaleza. Una de las mañanas vimos a un ciervo frente a nuestra ventana.
La primera noche nos acercamos al mirador que hay al lado del hotel El Tovar; era de noche, pero la luna nos ayudó a verle un poco; aún con todo, te admira.

Gran Cañón

El día siguiente lo dedicamos por entero a ver el Cañón desde diferentes miradores. Primero paramos en el Bright Angel para hacer un mini trecking descendiendo. Las vistas eran fenomenales. Para bajar se necesitan horas y, se recomienda, subir al día siguiente. Hay un servicio de mulas que así lo hacen. Nosotros solo bajamos durante un tiempo y volvimos a subir, no teníamos mucho tiempo; a parte, el otro tiempo, el atmosférico, no era muy bueno. Hacía frío, bastante frío, incluso para unos de Burgos como nosotros, venir del calor de Las Vegas fue un cambio muy brusco.

Justo en el Bright Angel hay que dejar el coche y coger el magnífico servicio de autobuses gratuitos que te llevan, cada quince minutos, por las tres rutas que hay señaladas por colores; coges una y te paras en el mirador que quieras, puedes andar y volver a coger el autobús en la siguiente parada o en la misma si solo te has bajado para contemplar el paisaje. Cogimos la ruta roja y paramos en Powell Point y anduvimos hasta el Hopi Point. Después, con el autobús, llegamos hasta el final de esta ruta, el Hermits Rest. En cada mirador aprecias el Cañón de una forma distinta. No te cansas de contemplarla. La erosión causada por las aguas del río Colorado y el aire han dejado constancia del tiempo que ha necesitado para formarse: dos millones de años que se dejan ver en las múltiples capas de roca.

Gran Cañón

Volvimos al Bright Angel, donde empieza la ruta azul. Antes entramos en el Bridht Angel Lodge, un hotel que diseñó la arquitecta Mary Colter en 1905. Ella también fue la encargada del diseño de las cabañas que hay afuera, del refugio que vimos en el Hermist Rest, del hotel y restaurante El Tovar, de la tienda Hopi House que está afuera. Colter fue una pionera para su época. Otro nombre importante es el de Fred Harvey, el cual tuvo la visión de ofrecer un servicio más esmerado a los primeros visitantes que llegaban en tren al Cañón hacia finales del siglo XIX. Sus camareras tuvieron fama y la compañía que creó fue la que encargó a Mary Colter la arquitectura de algunos de los edificios anteriores. El turismo de montaña empezaba a crecer en el Gran Cañón.

Con el coche fuimos hasta el final de la ruta azul donde está el Centro de Visitantes. En él hay unas maquetas muy visuales donde se aprecia la orografía del Cañón y de otros parques naturales no muy lejanos como el Bridge Canyon. Aquí cogimos el autobús de la línea amarilla hasta el Yaki Point. Nuevo mirador, nueva vista, la misma sensación: inmensidad. Anduvimos un poco y regresamos al autobús, empezaba a llover y el frío se notaba. De ahí fuimos hasta la Hopi House que es una tienda donde se vende la artesanía que, principalmente, los indios navajos realizan. Ya empezaba a anochecer y el frío iba en aumento, así que nos fuimos a cenar al autoservicio que había donde nos alojábamos: el Yavapai Lodge.

Gran Cañón

El último día nos acercamos a despedirnos del Cañón hasta el mirador más cercano a nuestro alojamiento: el Yavapai Geology Museum. El pronóstico del tiempo daba lluvia y nieve, pero en ese momento el sol brillaba y la vista, entre luces y sombras, daban al Cañón un aspecto entrañable. Cuando cogimos el coche pequeños copos redondos de nieve rebotaban sobre el capó.

Nos íbamos pensando que es un lugar para volver alguna vez. Solo habíamos estado en una pequeña parte de él, en el South Rhim, la entrada más visitada por sus vistas y las posibilidades que ofrece; de hecho el Cañón tiene 144 km de largo.

Volvimos sin meternos por la ruta 66; así llegamos hasta la Presa Hoover donde paramos un momento antes de regresar, de nuevo, a Las Vegas. En un día, de la tranquilidad al ajetreo, de la calma al jaleo, del recogimiento al barullo, del paseo relajado al circo bullicioso, del silencio al ruido, de lo natural a lo artificial.

Vuelta al Mundo 2011/12