Una semana cerca del Algarve con un intercambio de casa

Siempre que podemos nos lanzamos a viajar, siempre que cuadramos fechas con otra familia, acordamos intercambiarnos la casa. Parecía difícil conseguirlo en verano y en el Sur; pero todo confluyó para pasar una semana cerca del Algarve con un intercambio de casa.
En nuestro relato Ventajas de un Intercambio de Casa podéis leer por qué nos gusta tanto este sistema para pasar las vacaciones o, incluso, puentes y fines de semana.

En él decíamos: “Viajar siempre es bueno, pero viajar mediante un intercambio de casa es muy distinto; para nosotros, es mejor.”

Entre las ventajas señalábamos: Ni la mejor “suite” del mejor hotel se puede comparar con todo lo que contiene y proporciona una casa. Conoces una zona de forma más profunda. Disfrutas de una casa: su decoración, libros, música. Todo lo nuevo enriquece. Es un aprendizaje para nuestras hijas. Descansas como quieres. Te marcas los horarios que quieres. Te cuidan tu casa mientras no estás en ella. Confías en otras personas, te comunicas con ellas, se crea una relación amigable. Tu casa se llena de recuerdos: voces en otros idiomas que han habitado en ella. Una casa también se viste con las personas que pasan por ella.

Todo lo anterior lo podéis leer en el relato mencionado.

Islantilla

Nuestro intercambio fue en Islantilla, muy cerca de la frontera con el Algarve portugués. También estaba muy cerca de otros lugares de Andalucía con mucho interés: Palos de la Frontera, Doñana, Huelva, Sevilla, etc. Pero, como ya lo conocíamos, nos dedicamos a ir hacia el oeste.

Nuestra casa estaba bien situada, cerca de la playa, donde había unos chiringuitos que se llenaban a la hora de comer. En la dirección opuesta estaba el paseo marítimo, muy animado por las noches, que llega hasta La Antilla pueblo. Antes, están las casetas de colores, donde los pescadores dejan sus aparejos. Al lado de ellas está el restaurante “El lobo”.

La Antilla

Ponta da Piedade

La costa es recortada y, en algunos puntos, con grutas. Tal vez la más significativa es la Ponta da Piedade. Es un lugar imprescindible, por ello está bastante llena de gente y hasta aparcar resulta un poco difícil; pero merece mucho la pena.

Se puede caminar por la cornisa divisando la costa, también se puede bajar y coger unas barcas para apreciarla desde el mar.

Ponta da Piedade, Algarve

Cabo San Vicente

¿Quién no ha visto alguna vez este cabo en los mapas que todos hemos tenido en los libros? El cabo San Vicente es un lugar para no perderse. Dejando Sagres te vas adentrando hacia él, entre una extraña flora endémica que hace que sea un paraje singular.

De nuevo toca buscar aparcamiento, en verano es más difícil, y entrar en el faro. La mejor vista es desde fuera de la fortaleza, caminando por la costa.

Cabo San Vicente, Algarve

De vuelta se puede visitar Sagres, donde hay una fortificación defensiva de la ciudad del siglo XV.

Dos ciudades del Algarve: Faro y Tavira

Llegar a Faro desde Islantilla no es difícil. Tal vez la mayor dificultad es saber si estás yendo por la autopista cumpliendo con el pago de la misma o no. Nada más pasar la frontera, a través del Ponte Internacional do Guadiana, vimos un cartel que anunciaba algo relativo al peaje; también vimos algún coche parado, pero como no lo teníamos muy claro, seguimos. Según íbamos pasando kilómetros, vimos unos controles desde donde, supuestamente, hacían fotos. Al final decidimos parar en una gasolinera y comprarnos una tarjeta para cumplir con el impuesto circulatorio.

Una vez llegados a Faro nos dirigimos al casco antiguo de la ciudad, el cual merece ser paseado con sus calles de casas blancas y de colores. Esta parte de Faro tiene encanto y se está bien, relajado.

Faro, Algarve

Al salir por una de las puertas se pueden dar paseos en barca hacia el Parque Natural de la Ría Formosa, una marisma donde las aves migratorias se detienen.

De camino a Islantilla paramos en Tavira, ciudad nada masificada, que se puede recorrer fácilmente en un paseo agradable. Tavira sufrió el terremoto de 1755, por lo cual tuvo que ser reconstruida.

Tavira fue un estupendo descubrimiento; como el “Mandala, vegan café” donde se pueden tomar unos estupendos batidos de diferentes sabores a la vez que puedes comprar antiguos discos, algo no habitual de encontrar hoy en día.

Tavira, Algarve

Playa de Marinha

Las expectativas eran muy altas antes de ir a la playa de Marinha, ya que estaba muy recomendada en cuantas páginas y redes sociales que consultamos.

La playa no defrauda nada, pero verla con tanta y tanta gente, la hace perder parte de su encanto. ¡Parece que los demás también había leído lo mismo que nosotros!

Aun así, bajamos las muchas escaleras para acceder a ella, aunque la mejor vista está arriba, y decidimos bañarnos. Fue un poco complicado conseguir un par de metros cuadrados para poner las toallas, encima la marea estaba subiendo. Pero lo conseguimos y, a pesar de todo, disfrutamos de ella. Pudimos comprobar que el agua del Atlántico estaba bastante más fría aquí que en Islantilla.

Playa Marinha, Algarve

Muy cerca está la playa de Benagil. En ella se pueden coger barcas para recorrer la costa y algunas grutas. En temporada alta hay que ir pronto a coger el tique, salvo que se tenga suerte.

Gracia al gran dominio de la lancha que tenía el conductor, nos adentramos en alguna cueva, entre ellas la famosa cueva de Benagil, amplia y luminosa por su gran oquedad superior que la da una gran belleza. A la misma también se puede acceder en colchoneta de plástico, tabla o nadando desde la playa de Benagil.

Cueva de Benagil, Algarve

Pera

Ya de vuelta a Islantilla paramos en Pera para ver las magníficas esculturas de arena que todos los años son esculpidas en un gran recinto, cuyo recorrido es muy agradable. Coincidimos con el atardecer y, cuando la noche se va comiendo al día, se iluminan ofreciendo una visión completamente distinta.

Pera, Algarve

Así fueron transcurriendo nuestros días en Islantilla y el Algarve, plácidos y apacibles, sabiendo que daba para más.

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